Una vitalidad diseminante: en torno al libro Los cardos de Naomi Orellana por Carlos Leiton

Recuerdo golpear esas flores agrestes en el campo y esperar que sus semillas se esparcieran por el aire. “Son cartas”, decía mi mamá. Y en cierta forma esa metáfora práctica de mirar dentro de una semilla ilegible me llevaba a imaginar la soltura que estas formas estrelladas y convocadoras de un vuelo vertiginoso podían prometer. El cardo, la planta, erguida allí entre tanta espiga y otro tanto más de sequedad, así como un llano sin pretensión de identidad, aunque sí su conformación de algo son sus extensiones mediante el vuelo y la actitud diseminante.

Los cardos son unas flores espinosas silvestres.

Si un día estás echada en la hierba, tranquila, mirando a la nada, podrás ver unos
delicados asteriscos blancos que flotan en la atmósfera.
Los producen los cardos (…)

Mi abuela los odia, siempre dice que los va a mandar a cortar.

Yo pongo en duda su condición de maleza si producen esas voladoras tan
hermosas (Orellana, p. 27).

El cardo, su imagen: red disparadora de un caos armonioso en búsqueda de los signos que
resaltaran la imagen del propio cuerpo para rendirle culto. ¿El cuerpo del cardo? ¿El cuerpo de
la autora? Esta diseminación parte al comienzo: la transparencia de los velos se presenta como
un biombo casi de geisha que deja escurrir palabras, enunciados, una concurrencia de una
escritura por venir en una ruma que cuida su factura de libro objeto:

El libro como presentación de sí mismo (así como lo haría Macedonio Fernández en su novela
de introducciones con la Eterna); un libro como antelación de una ruma por venir; un libro
como antelación de una antelación, de una antelación…

Los cardos (Trío y Yasna Editores, 2018) de Naomi Orellana, puede conformarse en aquello: un
libro. Uno en el sentido más jabesiano del asunto:

Por eso la forma aforística es la expresión profunda del libro, pues deja que los
márgenes respiren, pues lleva en sí la respiración del libro y expresa el universo
de una sola vez (Jabés, p. 457).

O un merodeo, en el sentido del desenfado de la captación de la rítmica oscilatoria cubriendo/circundando cualquier centro significante, encarnando una mecánica de las formas en que la escritura se interpela a sí misma, en esas acciones continuas busca su ausencia en lo que es la falta de expectativa de una respuesta anticipada. Osvaldo Lamborghini lo explicaría así:

Me asquea la astucia de la literatura actual, que embadurna todo lo que quiero
escribir; escribo merodeos y el uso de una disimulada sinonimia conceptual
coincidió con la primera nota negra que la muerte, ligera, dejó caer en la palma
de mi mano. Ligera, ella sabe que la esperan, no necesita ponerse cargosa o
pesada. Yo prefiero exagerar (Lamborghini, pp. 159-160).

La autora antepone su pensamiento como arrecife frente a la fuerza de las significaciones a
priori:

¿Qué es un libro?
¿Qué no es un libro? (…)
¿La escritura en sí? (…)
La escritura no puede solo un medio. Es decir, lo escrito refleja estados de
libertad, salta a la mano entonces la posibilidad de explorar también la libertad
formal. Fue así que llegue a la poesía (Orellana, p. 7).

Yo me alejaría del purismo de decir poesía. No solo poesía, sino escritura y combinatorias, aforística, relato en verso, confesión velada y frontal, minuta y recreación de eclosiones nocturnas…

Me pregunto si en realidad vive en la selva, o si solo es pobre
y vive en los arrabales cusqueños con su madre,
una señora humilde y triste, y él es su hijo descarriado.

Piedra Inca. Los gringos arruinan todas las fotos.

La azafata del tren. Labios gruesos y dientes blancos no tan perfectos
Una nariz que se desliza en medio del rostro.

¿Qué clase de espíritu, de ritmo interior colectivo, llega a construir
una ciudad como Machu Picchu? (Orellana, p.13).

Pasar de ser escolta de Vila Matas, a la noche santiaguina en complicidad con las amigas travestis, y luego a la completa resaca de Love streams de Cassavettes dentro de una minuta casi al borde de la página. Ser minuta. Ser anotación y revelarse en la isla de la página. Los cardos aprovecha dicho recurso: la página a medio escribir: tanto en sus páginas performáticas del comienzo como también en la performatividad del libro como objeto que busca desasirse de amarras y abrazar esa dicha libertad de no engancharse a un “proyecto de escritura”.

Por borrachas, nos echaron del lugar donde fuimos a bailar salsa.
Frustradas, caminamos sin rumbo un par de metros.
Tres colombianos se nos cruzan.
Mi amiga ataca:
¿Y ustedes beibis, tan bonitos, donde van a esta hora?
Uno de ellos contraataca:
Ando buscando una hembra que me viole y que me enseñe.
Ella cierra el trato: Pues vamos beibi, yo te enseño todo lo que quieras. (Orellana, p. 22).

Alguien incauto puede pensar en la libertad de los contenidos al observar el desenfado de la praxis sexual en un plano milimétrico. No obstante, a lo que alude Los cardos es mas a las luces y sombras, siendo las luces los planos acciones, como la borrachera tras la cual viene la ducha y el reconocimiento en el espejo:

hay un estado
de la mente
del cuerpo
para producirla

aumentarla

gota a gota

cuando se ha acumulado suficiente
en el aparato digestivo reproductor de la escritura
hace falta expulsarla

no existe un esfínter
puede brotar por cualquier poro (Orellana, p. 37).

En estos devaneos el cuerpo (textual, funcional) se rinde culto a sí mismo y las páginas hurgan en su rito de la fidelidad a la propia imagen, vale decir, las que las acumulaciones de páginas asignan a la metáfora dispersa de la planta llevada a la acción del libro. La planta-libro es regada por la acumulación de páginas conteniendo vivencias, citas, observaciones al voleo de películas, e historias nocturnas que se presentan en una relación acumulatoria, no así arbitraria. Escritura que parte por su no fidelidad reglada de género literario, aunque a mí me gusta entender Los cardos como un objeto narrativo (por mucho que su escritura se muestre en verso, su rítmica se ve implicada por el (des)montaje de escenas más que por su remarcamiento de la rítmica del lenguaje (este no se interrumpe, presenta estampas claras)).

Lo narrativo en el poema, ya que el corte de versos no da cuenta mucho de la rítmica de la frase, sino de algo que alude más bien al señalamiento de un rito. Lo “poético” de esta escritura seria quizá la sucesión de escenas disímiles en pos de entregarnos con esto la mecánica diseminadora de una planta:

Vivo mi propio sueño y no me emociona.

He aprendido a identificar las certezas.

Someto mi corazón a situaciones extremas.

¿Guardo el misterio o lo revelo?

El trance constante del mar

Cobro sentido en estas letras azules que presiono en esta hoja azul.

Cuando grande quiero ser buganbilia.

Igual que tú,
Soy hermoso y estoy triste y sabemos tanto y lo tenemos todo.

Así es la vista.

1, 2, 3, 4, 5 aleteos.

Planeo (Orellana, p. 57).

John Coltrane pensaba en lo espiritual de los astros como sostén de una lógica musical. A partir de esta premisa podemos inferir una lógica vegetal que sustenta una práctica escritural, mostrando, por ende, la coherencia de un hábitat que, por ser un elemento orgánico, vivo, al reclamar su expansión vital la escritura toma también una forma ya trazada en otro sistema de relaciones. En este sentido, para mí Los cardos atiende a la lógica de una escucha diseminadora y que es, a un tiempo, sostén de las bullas a las que atiende. Es el cuerpo de su autora, pero es a un tiempo el cuerpo de su planta con sus nervaduras de libro que atraviesan los contenidos expuestos para encarnar su sentido personal, ante todo, en la forma en que estos se expresan.

Referencias

Jabès, Edmond. (2006). El libro de las preguntas. Trad. José Martín Arancibia y Julia Escobar. Madrid:
Ediciones Siruela.
Lamborghini, Osvaldo. (2011). Novelas y cuentos II. Buenos Aires, Editorial Sudamericana.
Orellana, Naomi. (2018). Los cardos. Valparaíso: Trío y Yasna Editores.


SELECCIÓN POÉTICA

Biombo



Las citas tienen un interés especial, uno es incapaz de citar algo que no sean
sus propias palabras.


Enrique Vila Matas.



Lo recojo a las 7:50 de la mañana para ir al matinal de una radio.

Medio dormida, observo a través de la ventana del estudio
a este señor serio con el que decido guardar un silencio respetuoso.

Me parece que aquel personaje y el hombre al que debo pasear en taxi
para que la gente le pregunte cosas, son dos personas diferentes.
Contesta horas y horas de preguntas. No repite una respuesta.
Una imagen me queda grabada.
El día termina con una conferencia en un auditorio repleto.
Firma de libros. Fila interminable.
Hace su rma tipo ya des gurada.
Nunca voy a ser una n, decidí, mis únicas ídolas van a ser las dueñas de casa.
Evita la última foto.
Llamo un taxi. Le pido que nos lleve al hotel.
Nos despedimos.
Una imagen me queda grabada.
Una de las tantas veces que respondió a la pregunta sobre cción/realidad
usó la gura del biombo:

a es la div ión entre cción y realidad: un
biombo que divide la m ma habitación.



Entramos a un bar en frente de la plaza de Cusco buscando a alguien que
nos venda marihuana. Fracasamos una y otra vez.

Subimos al segundo piso siguiendo la música latina.

Bailamos bachata, la una con la otra.

Un hombre feo me mira. Me saca a bailar.

Huele a fruta tropical cítrica. Tiene un brazo delgado y fuerte.
Se mueve coordinado y suave.

“Todo puede ser hamburgueseable” dicen los posavasos.

Ella escribe “Tú y yo” en el individual de papel.
Con letras amarillas y rosadas, respectivamente, la “y” en verde.

Bajamos con la guata llena y salimos a la calle para ir a cualquier parte.
Un ser nos intercepta. Se llama Adrián. Dice que vive en la selva,
con elegancia.

Hablamos de nosotras y del negocio.

Me pregunto si en realidad vive en la selva, o si sólo es pobre
y vive en los arrabales cusqueños con su madre,
una señora humilde y triste, y él es su hijo descarriado.

Piedra Inca. Los gringos arruinan todas las fotos.

La azafata del tren. Labios gruesos y dientes blancos no tan perfectos.
Una nariz que se desliza en medio del rostro.

¿Qué clase de espíritu, de ritmo interior, colectivo, llega a construir
una ciudad como Machu Picchu?

Existencia humana hoy, existencia humana en Machu Picchu.

Eucaliptos y zorzales al lado del río. El territorio es fluido.

Me cae una gotita en la cara y se siente como si la
naturaleza me hubiese dado un besito.

Otro.

Me recuesto en las rocas.

Están heladitas.

Las revelaciones místicas son personales.



Camino por las calles de Cusco buscando un lugar solitario
donde prender mi porro. Subo calles asoleadas y cada vez más solas.

Se asoma una especie de mirador.

Para variar, una iglesia.

Le compra un amuleto a una india con la que intenta conversar
para preguntarle por el objeto. Se despiden.
Le dice suerte mirándola a los ojos.

Se escucha el acto de un colegio y la voz de un niño que no distingo
si habla español o quechua.

Una chica de uniforme nos mira, mientras se deja fotografiar coqueta
por su novio, con la ciudad de fondo.

Naomi Orellana Legal (Santiago de Chile, 1982)

Escritora, periodista de la Universidad de Chile y magister © en Estudios de Cine y Audiovisual de la Universidad Católica de Chile. Gestora cultural y curadora independiente. Ha publicado los libros de poesía Vida de hogar (2016 1era y 2da edición, Editorial Trío Yasna), Los cardos (2018, Editorial Trío y Yasna) y Pulsión Feminicida. Sus ensayos se concentran en investigaciones en torno al cine y sus bordes con otras formas de expresión, tomando en cuenta dimensiones formales y políticas, desde perspectivas situadas y en diálogo con los debates contemporáneos. Sus artículos se encuentran publicados en revistas y libros colectivos editados en Chile y Latinoamérica. Comparte sus investigaciones a través de talleres de escritura, muestras de cine y exposiciones.

@amiganao/www.imagenypalabra.cl/@imagenypalabra.cl

Carlos Leiton (Santiago de Chile, 1982)

Escritor, Magister en Literatura por la Universidad de Santiago de Chile, con estudios en Fotografía en Instituto Alpes. Autor de los libros de poesía Habitación y concierto (2011)Eczema del árbol (2016), la plaquette Pez Calcuta (2018). Ha trabajado en libros de memoria barrial en colaboración con el investigador Marco López, con dos publicaciones a su haber: (2023), e Historias del Barrio Huemul (2024). Publica las novelas Casta diva (Cástor y Pólux, Inti Ediciones 2025) y en 2023 Paisajes de Laverna (Traza Editora) y Ocelos (Caburé 2025). Es integrante del colectivo literario y editorial Traza. 

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