
Como muchas otras especies animales, podríamos trazar la historia del caballo en paralelo a la historia —que, por lo general, conocemos mejor— de los humanos. Más bien, ésta última sería imposible de comprender sin su presencia, nuestro vínculo y su domesticación, la fascinación que han provocado a lo largo de los siglos. Desde su aparición en pinturas rupestres de hasta 32 mil años atrás —esas cifras de tiempo casi imposibles de comprender—, pasando por su importancia en textos fundacionales como La Ilíada, llegando a un presente en el que han sido reemplazados como el método más confiable y rápido de transporte, lugar que tuvieron por siglos, junto al de ser importantes fuerzas en la guerra y la agricultura. Sin embargo, siguen presentes en diversos ensamblajes con nosotros: marchando, saltando, corriendo. Pareciera que su pura descripción trajera a nuestro pensamiento esa dimensión de movimiento, velocidad, que aún podemos observar en ciertas circunstancias. Una de ellas es la hípica. Y es en ese mundo en que se despliega la poética de Polifonía de una carrera de la poeta Karo Castro, editado por Traza.
La voz que surge en esta plaquette, a través de sus poemas, que forman parte de un proyecto mayor titulado Reina de copas, se encuentra imbricada profundamente con ese mundo de caballos, apuestas, sangre y sudor, ganancias y pérdidas, cábalas y supersticiones, cuerpos y velocidades. Ese mundo es también el del riesgo, el peligro, que aparece ya desde el primer poema: “el deseo en el peligro supera la razón/ afuera parece ser un domingo más” (Castro 7). Pero no es un domingo más cuando en el hipódromo está todo en juego: la gloria y la ruina. La hablante del libro halla en los caballos tanto la promesa de que “unidos por el amor a la libertad/ me llevará de aquí/ dejaremos este barrio inmundo/ amotinados por la luz” (12), como un espacio que refleja su fuerza indómita, que también pone en crisis esa misma posibilidad: “sin llorar es el juego/ no me vengan con tonterías/ mi futuro es sin promesas/ vertical y salvaje”. (15) Es esta tensión la que se cifra en la figura del caballo, la que trae plata al barrio, “jugar como una forma de sobrevivir” (16), por un lado, mientras que por otro, pareciera elevarse por sobre ese mundo marcado por la carencia, la desesperación del apostador, como cuando la voz le dice: “que se queden recogiendo las monedas con sangre/ que tu carne sea alimento/ nunca podrán alcanzarte/ ni mirarte de cerca al sol”. (13)
Es en este último poema que acabo de citar, titulado “Ese será mi caballo”, que la voz busca ser una con el animal, tatuarse su nombre, compartir un cuerpo, “un solo cuerpo” (12), morir juntos, en una relación que compara con el Lazlo de Mahoma. La hablante que despliegan los poemas busca esa comunión, frente a la trizadura del hogar —en el poema “Dios cría infieles”— y el vicio como destino en el mundo de las apuestas —“Los apostadores siempre son la última categoría”, es el título de otro de los poemas—. De este modo, el caballo al que se refiere es una línea de fuga, una vía de escape al mundo precario en el que se desplaza, pero en el que, sin embargo, el caballo también está sometido. A lo largo del libro, también, surge esa dimensión de violencia —pienso, por ejemplo, en el poema “Muerte sonora” que cierra la plaquette cuando, oyendo el ruido de la fusta sobre el cuerpo del animal y el ruido de sus patas contra la pista, leemos: “Oír el sonido de mi corazón quebrarse/ ese instinto animal que nos une al peligro / enfrentados a la violencia de esta pista/ el mundo es violento” (25)—. Esa violencia es algo que se experimenta en conjunto con el caballo, la voz apelando a un “nosotros” en que se cifra el encuentro con el animal. Este encuentro, por lo tanto, tiene una dimensión doble y contradictoria: se erige sobre la violencia ejercida y compartida, a la vez que aparece como una oportunidad de salvación, una señal de destino.
Ese espacio en común, además, está marcado, considero, por una vulnerabilidad compartida en la materialidad, en el cuerpo. La investigadora Anat Pick desarrolló el concepto de “poéticas creaturales” —en inglés, creaturely poetics— para pensar esta cuestión: el encuentro con el animal como el encuentro con un ser que también es finito, que también es vulnerable, con el que comparto la muerte y, desde allí, puedo entrar en relación con él, con aquello es compartido.[1] En el poema “A las dos”, la voz describe el ritual de comer “riñones ensangrentados los domingos” (17), haciendo énfasis en las imágenes que rodean ese espacio marcado por la “sangre mamífera” (17), en el que “respiramos muerte” (17), para finalmente verse a sí misma servida en “bandeja de plata”. (17) El reconocimiento de que lo mamífero nos incluye y que esa muerte nos ronda también, a pesar de nuestros intentos de separarnos, a lo largo de la historia de occidente, del mundo animal, surge en el poema como un lugar donde se entra en contacto con aquel desde una carne compartida.
Quiero ahora comentar una pequeña anécdota. Nunca he sido una gran fanática de los deportes, pero sí, siempre, me he sentido fascinada por los animales. Hace unos años, pasando el rato en internet, llegué a algún foro en que gente respondía a la pregunta de qué momento deportivo les había conmocionado, ojalá hasta las lágrimas, o consideraban el momento más grandioso que hubiesen visto. Uno de los que más se repetía era el del caballo Secretariat rompiendo el récord mundial —que se mantiene hasta hoy— en la carrera Belmont Stakes en 1973. Hice click en el link del video sin esperar mucho, ya que no tenía realmente una relación con la disciplina ni sabía realmente qué esperaba. Vi el video. Entendí. Hay algo difícil de describir, la sensación de estar viendo una especie de milagro, una fuerza material que atraviesa la pista, mientras el comentador dice con fuerte acento “He’s moving like a tremendous machine”, para luego finalizar diciendo, sin ninguna duda, que es un récord que nunca se romperá. El momento en que corre solo a lo que se sienten como años luz de distancia frente a los otros caballos, cómo la cámara que graba tiene que ir abriendo el ángulo para que se puedan ver los otros caballos, el momento milagroso en que, a pesar de eso, en la imagen ha desaparecido cualquier competencia. Ahí, en ese espacio delimitado por nuestra propia especie, algo se arranca, una fuerza que excede y que se vuelve movimiento, materialidad, sudor y cuerpo, atravesando los límites de lo posible.
Cuando observamos al animal, cuando le prestamos atención a su modo de ser en el mundo y las maneras en que sus vidas se intersectan con las nuestras, nos damos cuenta de que hay dos dimensiones simultáneas que no podemos ignorar: su modo de ser en el mundo, como decía, como materialidad y cuerpo, esa dimensión, de alguna manera, “salvaje”; y las formas en que hace sentido en nuestras culturas, cómo forman parte también de nuestros imaginarios desde el pasado remoto. Como dijo John Berger, la primera metáfora fue, probablemente, animal. En esta plaquette de Karo Castro podemos ver cómo la voz indaga en esta relación con los caballos que se mueve por ambos polos: los caballos que aparecen aquí son cuerpo y salvación, velocidad y musculatura, pero también el mundo humano que se teje a su alrededor, una posibilidad de salvación. Polifonía de una carrera, de esta forma, despliega una voz poética rica y atenta a la intersección de esas dimensiones que, frente a su trizadura, halla en el hipódromo ese momento en que “sientes que no te arrepientes de nada/ que todo ha valido la pena”. (19)
[1] Pick, Anat. Creaturely Poetics: Animality and Vulnerability in Literature and Film. New York: Columbia University Press, 2011.
Texto publicado originalmente en Revista Nomadías. Diciembre 2024 • Número 33 • 477-480

Catherina Campillay (Viña del Mar, 1994) Poeta, editora e investigadora. Licenciada en Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile y candidata a Doctora en Literatura de la Universidad Católica de Chile. Fundadora y editora de Ágata Musgo Editora. Ha publicado los libros de poesía presunta desgracia (Libros del Pez Espiral, 2021) y pasar la sal en la mano (Overol, 2025). Ha sido becaria de la Fundación Neruda, del Fondo del Libro y la Lectura y del Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo. Actualmente se encuentra realizando su investigación doctoral sobre animalidades en la poesía contemporánea latinoamericana.
