
Letargo y cautela se titula el primer libro de poemas de María José Aravena. Me pregunto por esta elección y pienso en la intención de defender la posición de quien escribe y registra. miro/maravillada/ los mecanismos/ del hastío/ piso/ en la madrugada/ los cristales/ de la pobreza; nos dice María José en el poema que da título al libro. En esta atmósfera silenciosa y pausada la hablante es capaz de maravillarse frente al estancamiento y la escasez. Este lugar defendido, –ya sea afectivo, corporal, lingüístico–, tiene un carácter múltiple. Y a lo largo del poemario conecta materialmente la intimidad y el recuerdo personal con otros sitios a veces andinos, otros asiáticos, otros recreados.
Una pista fundamental que nos deja la autora es el epígrafe que declara “todo se entiende entre materias y materias y materias” de Verónica Zondek.
Letargo, un estado de inactividad y reposo que vuelve indiscutible pensar en la aparente inactividad de lo que Jane Bennett llamaría materia vibrante. Cautela, la reserva con la que se actúa cuando se observa una presa, cuando se le estudia previo al tiro, esa misma reserva con la que actúa el animal que sabe que es observado, que sabe que está en peligro.
La vitalidad es entendida para Bennett como la capacidad de las cosas no solo para obstaculizar o bloquear la voluntad de los humanos, sino también para actuar como agentes o fuerzas con sus propias trayectorias, inclinaciones o tendencias. Es decir, hay en las cosas una vibración que trasciende la voluntad humana. Son estas cosas, silenciosas, supuestamente pasivas, capaces de intervenir el espacio.
Y es que una de las mayores fortalezas de Letargo y cautela es que la corporalidad-materia de la hablante busca mezclarse con las cosas desesperadamente. Como un animal huele, come, mastica, observa. Deambula y se pierde en las diferentes habitaciones de lo que presencia y que le envuelve: “he visto la cocina de mi madre/ la luz de los ventanales en sus nudillos/tiene olor a café a pasas a naranjas/ tiene olor a mantequilla/ es la persona que da alimento en este campo/ a las ovejas/ a los gansos/ a los conejos y serpientes/ hasta esta hora/ no me habrá besado nunca”. Nos dice esta voz como buscando a partir del olfato fundirse en un gesto que no llega. Pues el contacto, el encuentro, si no se produce a través de la intención humana sí puede hallarse en las capas microscópicas, en aquello que ocurre mientras la mayoría no notamos. Y en silencio, a través del reconocimiento en esas capas casi transparentes, María José reivindica el valor de ese ritmo casi imperceptible: “detenida entre los árboles, materia sensata/ destruiré uno a uno/ los barcos cercanos a la bahía”.
Esta posición reconoce la magnitud de su fuerza, también halla un punto de encuentro con aquello que ha abandonado su forma: “se ha ido para siempre un hermano/ se ha transformado en razones el espino/ tengo un vientre un corazón/ y debo jugar a tener cosas/ plantaciones y mesetas/ una cama en la colina/adormecer en el precioso sol de la lámpara”. En esta búsqueda, la autora logra puntos de encuentro y resignificación entre la materia y la experiencia. Nos señala vías oblicuas en las que es posible trazar, por ejemplo, otras formas duelo y relación con la presencia/ausencia: “es mi padre/ ahí está/ en algún lugar del océano/ bajo la arena/ bajo las algas/ entre ladrillos/ bajo la nieve/ en la cima del/ volcán Osorno/entre las garras del puma”.
Esta multiplicidad ha sido abordada por autores como Emanuele Coccia quien en Metamorfosis, la fascinante continuidad de la vida, sostiene que la vida está sujeta a un principio de transformación permanente. En ella los vivientes, seres metamórficos, son quienes han renunciado a la idea de identificarse con un único rostro. Un viviente siempre se compone de mundos incompatibles y distantes, pues migrar es en sí una constante dentro de los ciclos vitales. La maravilla, la belleza
grabada en la crudeza de esa transformación, es advertida de manera persistente por María José desde diferentes perspectivas en donde lo afectivo y lo material se entrecruzan: “porque voy a timbrar/ estero a estero/ cuando todo muera/ y mi cuerpo será lo que todos los cuerpos”.
En Letargo y cautela la detención no es pasividad, es una forma de relación radical con el mundo que implica una conciencia y desjerarquización de los modos de vida. María José explora esta vitalidad bajo sus propios códigos y nos invita a ubicarnos allí, a detenernos y reconocer en silencio, aquellas cosas que aunque creamos sean las más mínimas, participan en el mismo pulso, pues: “todas las cosas hablan y todas las cosas se comen/ entre ellas/ con nosotros/ en el sonido de la carretilla”.

María José Aravena (Santiago de Chile 1996) Escritora y mediadora de Lectura. Licenciada en Literatura y Estética. Ha sido Becaria del Fondo del Libro y la Lectura (2022, 2024). Obtuvo una mención honrosa en el Premio Roberto Bolaño (2022) por Letargo y cautela, su primer poemario.

Camila Blavi. (Santiago de Chile, 1988) Es escritora y profesora. Tesista del Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena de la Universidad de Santiago de Chile y Máster en Creación Literaria de la UPF-BSM de Barcelona. Escribió Puna (Bokeh press, 2025), Acacia (Provincianos editores, 2025) y Contaminaciones (Komorebi Ediciones, 2022).
