La escritura del agua, entre cobijo y abismo: Agua y manto de Cristina Bravo Montecinos por María José Cabezas

Texto de presentación del poemario publicado por la editorial Hojas Rudas el 28 de noviembre de 2025 en la ciudad de Valdivia.

La pintura corresponde a un fragmento de la obra del pintor valdiviano Him Rivera que aparece en las guardas del objeto libro.

Si pensamos en las analogías y significados que brotan del fluir del agua -en todas sus formas y movimientos- aparecen también las preguntas sobre el curso que sigue y las materialidades diversas en que se presenta: la lluvia con sus gotas, las olas y su espuma, la niebla, la bruma, los charcos, el fango, el río. ¿Desde dónde comienza realmente ese fluir? ¿En los cuerpos, fuera de ellos? Entonces surge la búsqueda de lo primigenio, como una marea profunda que arrastra, limpia y borra todo recuerdo, un cauce anterior que se abre como un río que nace en lo gélido de la montaña.

En la obra de Cristina Bravo el agua es un sustento originario y un espacio de memoria, se muestra como un elemento que permite atesorar y comprender sus recuerdos más preciados. El estilo de escritura que utiliza es la prosa poética sumado a la factura y  materialidad misma del libro -bellamente trabajado por la editorial Hojas Rudas- revelan una consonancia con el estado cambiante del agua: la unión y el desajuste entre lo líquido y lo dúctil que puede ser un recuerdo. Así lo muestra desde las primeras páginas: “cerré los ojos y volví, mi humor se hizo espuma revuelto entre sal y arena” (p. 5). Allí, la hablante abre un camino por las grietas que resguarda en su memoria; narra desde el agua y desde las relaciones que se tejen en torno a ella. En esos pasajes aparece también el manto que la autora busca asir: la contención, las mujeres, los pechos que cobijaron y dieron refugio a su imaginario.

En el escenario donde se mueven los poemas, el agua es un componente constante del territorio geográfico que habitamos y aquí se retrata en múltiples formas: ríos, playas y cuerpos de agua que intentan unirse por y hacia el lenguaje para comprender su propio estado y lo que implica re tratarlo. Pero ¿qué ocurre cuando las palabras no logran contener ese pasado idílico, ese paraíso como manto tibio y cariñoso de la abuela o de las amigas frente a las olas? El lenguaje poético se quiebra; se desdibuja en un nuevo modo de representación que disloca el presente mismo de la escritura:

“A esas alturas las lianas quisieran olvidar la tierra y no es sencillo porque la tierra las sostiene y las lianas hacen como que arrancan de su vista y quisieran moverse más arriba y más abajo y se anudan y pareciera que están a punto de formas singulares, se dejan mecer por el viento y sonríen abrazadas como enloquecidas y sus acomodos despistan a las aves, sienten cosquillas de las plumas y se enredan entre sí, se acarician, se van dejando como remolinos en el agua y se aprietan y quizás lleguen las tormentas y nunca se sabe con las tormentas, porque las trenzas se desarman en las ciénagas. Puede que sean una piedra bajo el agua, un zarpazo o una boca a punto de su despedida, quién podría saberlo” (pp. 6-7).

La autora parece buscar ese quiebre, ese desajuste entre dos estados en mutación. Por otra parte, la prosa poética permite la expansión de estas formas de lenguaje cambiantes, porque se vuelve necesario narrar esos sucesos, tal como una cartografía o un mapa del mismo lugar que la hablante rememora y que va enriqueciendo cada vez que se aproxima.

José Lezama Lima a partir de su sistema poético del mundo, comenta que el reposo de la imagen deviene en movimiento en el poema: “la forma no puede ser definida como la etapa última de la materia, sino como el momento más eficaz para que el movimiento pueda ser captado sin ser detenido” (Lezama Lima, 2009, p. 61). Siguiendo sus palabras, toda realidad estaría atravesada por la temporalidad y el devenir; por eso la observación y la representación poética en ciertos momentos se vuelve incapaz de fijar lo que no para  de transformarse. Y ahí aparece el agua cuando se disloca en el poema, un quiebre que emerge y se repliega en la escritura.

Agua y manto tiene ese pulso, nos recuerda resguardar los lugares que aún permanecen, pero que solo pueden ser representados mediante la escisión y la conjunción de las palabras. No es antojadizo que el libro se abra con el siguiente canto: “Volví al agua. Volví a rasgar mi piel, acuosa y mineral” (p. 5); esas oraciones nos remiten a un origen, muy anterior, a una matriz, a un nacimiento, a la apertura milenaria  de un estado mucho más remoto que nuestros cuerpos, a señales tal vez intuidas en los árboles, las piedras, las conchas y tantos otros elementos de la naturaleza. Más adelante la autora escribe: “Volví al agua, masa fluctuante entre el ánimo de tantas especies y materias: el canelo hundido, una y otra vez hundido, ampollas en las manos y sabañones, picor en las palmas, los arrayanes estilando sus troncos en las riberas, rojizos como el fuego” (p. 39).

Hay una reflexión de Maurice Blanchot que me hace mucho sentido con el significado del canto en la poesía y el poder de la obra cuando emerge: “La obra solo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y de alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y del poder del oír. Y aquel que escribe, también es quien ‘oyó’ lo interminable y lo incesante, quien lo oyó como palabra, penetró en su comprensión, se sostuvo en su exigencia y se perdió en ella, y, sin embargo, por haberla sostenido como era necesario, la interrumpió, y en esa intermitencia la hizo perceptible” (Blanchot, p. 31).

Cada vez que vuelvo a releer los pasajes de Agua y Manto, no puedo evitar pensar que la hablante busca unirse a los vaivenes de las imágenes, a ese flujo cálido y terso de agua y su posterior cobijo en una transformación constante. Cristina Bravo nos recuerda que la cuenca del río y la imagen de su flujo también avanza entre la corriente y el fango develando la tumba y el secreto, aparece un lenguaje del agua, el lenguaje de la lluvia, el respirar bajo el agua “avanzas abriendo tus agallas” nos dice la autora “su cuerpo también respira por fuera”. Esta escritura nunca se aleja del agua, y ahí radica su magnetismo, comienza en el mar, pasa a los vegetales, a la nalca por ejemplo y cómo el agua en ella reluce y nutre; luego a los animales marinos, entre muchísimas otras experiencias que podríamos interpretar también como un espacio de colaboraciones y conocimientos,  donde lo vegetal, lo natural y lo material amplían la comprensión de estas sensibilidades no humanas.

La autora busca acunarse en las palabras y que el sonido de su baile le dé un arrullo y que su cuerpo sea una extensión de las curvas del río.


María José Cabezas Corcione (Santiago, 1982)

Escritora, editora y docente universitaria. Magíster en Literatura de la Universidad de Chile y Licenciada en Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales. Es autora del libro de poesía Oscurece al fin, que obtuvo la Beca a la creación literaria el año 2008 y del libro de ensayo e investigación poética Luis Omar Cáceres. El ídolo creacionista (Ediciones Lastarria, 2014). Actualmente se desempeña como profesora adjunta del Centro de Idiomas de la Universidad Austral de Chile; es editora en Komorebi Ediciones y gestora cultural de la Corporación Chilena de Cultura y Gestión.

Cristina Bravo Montecinos. Escritora, profesora de lenguaje y Magister en literatura chilena y latinoamericana.

Sus poemas figuran en antologías del sur de Chile y en la antología mexicana de poetas chilenas Tanto fervor tiene el cielo (2020). Ha publicado Vaivén (2010), Cieno (2021), Jardines (2022) y Agua y manto (2025).

Pertenece al Colectivo Traza y su Editorial.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *